Confianza

¿Cuántas veces has dicho «estoy bien» solo para no tener confianza en nadie que no lo estás?

Confiar da miedo porque implica soltar el control — de la historia, de cómo te van a ver, de lo que puede pasar después. Y si alguna vez confiaste y te fue mal, es todavía más difícil volver a intentarlo.

Pero una confianza que solo se abre cuando hay garantía de que no dolerá, no es confianza — es cálculo. La fe empieza justo donde el control termina: en confiarle a Dios (y a quien Él ponga cerca) lo que no puedes garantizar tú solo.

Estos testimonios hablan de ese aprendizaje, poco a poco:

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    puede ser que hayas encontrado — casi por accidente, casi como quien descubre un refugio en una tormenta — que la cabeza era un lugar más manejable. Que pensar era más predecible que sentir. Que tener la respuesta correcta te daba un lugar estable cuando el resto no lo era.

  • Beatriz: «merezco el descanso que nunca llega»

    Quizás aprendiste — de muchas maneras, directas o indirectas — que las cosas se ganan. Que el descanso viene después del trabajo. Que pedir es una forma de molestar. Que ser servicial es la manera de ser querido. No como regla explícita — como clima que se respiraba.

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