Antes de salir corriendo a buscar a alguien, a un amigo, que te entienda, detente un instante y mira el espejo de tu alma: hay Alguien que ya dialoga contigo en el silencio, que te acompaña a cada paso con su infinita misericordia y te envuelve con su presencia. Reconocerlo como tu amigo verdadero y fiel no significa aislarte ni reemplazar tus relaciones humanas; al contrario, les otorga un cimiento sólido y un lugar seguro donde apoyarse.
Hay personas que se repiten a sí mismas que no necesitan a nadie y terminan atrapadas en su propio aislamiento, como Andrés, o que manejan con destreza sus emociones cotidianas pero se resisten a llevarlas a la intimidad con Dios, como Carlos. Por eso, esta guía es una orientación amorosa para descansar en el abrazo del Amor de Dios, para continuar juntas tu hermoso acompañamiento en Misión de Amor.
Señor, gracias por enseñarme a orar, por recordarme que la oración es un diálogo sereno contigo donde mi alma regresa a tu presencia, descubre tu perdón y se contempla en la inmensidad de tu mirada, Padre nuestro. Gracias por el milagro de cada amanecer, que no es otra cosa que el regalo renovado de tu amistad. En este tiempo y espacio sagrados, mis ojos descubren la vida que derramas en mí, porque tú eres mi origen, mi camino presente y mi destino eterno. Solo así puedo disfrutar de este día con paz y gozo, dones que has soplado en mi espíritu. Hoy quiero descansar en tus brazos y sentir la paciencia, el dominio de sí y la fidelidad que me entregas al acunarme en tu regazo. En el fondo de mi corazón veo surgir la amabilidad y la misericordia; tu Espíritu Santo sostiene y nutre cada latido de mi existencia. Al compartir este Amor, mi espíritu se enciende y reconozco que soy un reflejo de tu ternura. Nos has confiado la hermosa vocación de crecer, florecer, dar frutos y esparcir semillas de luz para transformar la tierra. Qué feliz soy en ti en este día, donde comienza el resto de mi vida.
Ayúdame, Señor, a mantener el alma siempre abierta a tu brisa divina. Que tu luz y tu sabiduría sean el mapa para hacer tu voluntad y amar con la misma ternura con la que nos creas y nos arropas en el camino de vuelta a tu hogar. Todas tus expresiones de Amor son máximas, bellas y perfectas, y me pesa no haberlas visto antes con claridad. Cada noche nos muestras el universo de las estrellas para guiar los pasos del caminante; cada madrugada despunta el sol para alentar a la naturaleza; cada persona que cruza mi acera es una bendición tuya encarnada, y cada rocío o tormenta son muestras de tu sabiduría para saciar la sed del mundo. En ti habita la abundancia de la caridad. Por eso, Señor de la misericordia, te pedimos perdón por las veces en que cerramos la mano empuñando el temor y la separación; perdón por limitar nuestros pasos hacia nuestras propias necesidades, olvidando acudir al dolor del doliente. Perdón por buscar el brillo falso del oro y olvidar la luz de tu Espíritu; perdón por ensordecernos con el ruido del mundo y dejar de escuchar el lamento herido que nos invitaba a amar.
Hoy comienza el camino y tú eres la senda; hoy comienza la vida y tú eres la plenitud; hoy surge la verdad porque tú eres la Verdad. Desde este presente limpio, con tu gracia, sanamos el pasado y le damos rumbo a nuestro destino. Por eso, te pido que no permitas que oculte la luz de este día con los rencores y resentimientos de los años idos. No dejes que el temor se apodere de mis horas empañando la fe y la esperanza de mirarme en tu presencia. Hoy es el único espacio real donde puedo encontrarte, recibir tu abrazo y perdonar. Que tu Espíritu Santo sea la fortaleza en mi debilidad, que tu Cuerpo y tu Sangre Sacramentado sean el alimento de amor para sostener mi marcha, y que en el universo que creaste descubra el abrazo invisible que me rodea y me une a todos los seres humanos.
A veces nos parecemos tanto a los discípulos en la barca, angustiadas por las carencias del momento, olvidando los milagros que nuestros ojos ya han presenciado. Escucha lo que nos narra el Santo Evangelio según San Marcos 8, 14-21:
“A los discípulos se les había olvidado llevar panes, y no tenían más que un pan con ellos en la barca. Jesús les hacía esta recomendación: «Abran los ojos y cuídense de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes». Ellos comentaban entre sí que no tenían panes. Jesús se dio cuenta y les dijo: «¿Por qué comentan que no tienen panes? ¿Todavía no comprenden ni entienden? ¿Tienen la mente cegada? Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen? ¿No recuerdan cuántos canastos llenos de sobras recogieron cuando repartí cinco panes entre cinco mil?». Le dijeron: «Doce». «Y cuando repartí siete panes entre cuatro mil, ¿cuántos canastos llenos de sobras recogieron?». Le dijeron: «Siete». Y les dijo: «¿Todavía no entienden?»”.
Esta es Palabra del Señor.
Abre los ojos de tu corazón, hermana, y no dejes que la preocupación por el pan de mañana te impida ver las canastas llenas de milagros que el Señor ya ha derramado en tu vida. Él es tu amigo, y nunca te ha soltado.
DESTINO
Tu siguiente paso en este sendero puede ser escuchar el relato de Andrés — «no necesito a nadie y me siento solo» — o mirar el reflejo en la historia de Carlos — «estoy presente sin que nada te toque».
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